Después de probar un par de días la nueva y esperadísima expansión del juego World of Warcraft vengo a contar mis primeras impresiones.
Antes que nada quiero aclarar que no soy, ni mucho menos, una experta en el mundo de Azeroth, más bien todo lo contrario, así que todo lo que podéis leer aquí es, como bien dice el título de post, mi punto de vista. También aviso a los que no estén familiarizados con el juego, que puede que no se enteren de mucho.
Para mí la expansión comenzó antes de tenerla, concretamente el martes por la noche con la increíble masificación de jugadores en la ciudad de Ventormenta (sí, como podéis suponer soy un ali). En la guild corrían todo tipo de rumores, desde que Alamuerte iba a aparecer en Ventormenta para quemarnos a todos (con lo cual de paso ganábamos uno de los nuevos logros de la expansión) hasta que el rey Varian nos iba a honrar con un emocionante discurso.
Lo que en realidad ocurrió fue que, pasadas las doce de la noche y tras decepcionarnos porque Varian no abría la boca y Alamuerte no aparecía, el servidor se saturó y nos expulsó a la mitad de los jugadores (por lo menos a los de mi hermandad). Total que allí dejé a todos ansiosos por subir de nivel y me fui a dormir.
Al día siguiente me decidí a comprar la expansión para no quedarme atrás de nuevo, porque soy tan lenta que había llegado a nivel 80 (el máximo antes de la expansión, para los que no conozcan el juego) hace dos días, y no quería volver a quedarme fuera de las actividades más “guays” que organizaban en mi hermandad.
Después de una rápida instalación, debida a la cantidad de parches que me comí antes de Cataclysm, inicié sesión. Pude comprobar que la expansión se instaló correctamente al ver de nuevo la “bendita” barra de experiencia en mi pantalla.










